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Vivir en Piedad

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Lo que más recuerda no es el rostro cubierto de sangre producto del disparo certero que le partió la frente en dos. En su mente persiste intacta la imagen de la pierna viva del policía que cuidó su casa durante años y que minutos después de la ráfaga, aún bailaba con sincronía fantasmagórica. Ese día, como siempre, la ducha lo agarró a las 5:30 de la mañana. Fue entre el sopor estático después del baño que a muchos les frena el tiempo, sentado en el borde de su diminuta cama de estudiante universitario, con la media en la mano y la cabeza enjuagada en pensamientos, cuando oyó por primera vez el ruido perpetuo de aquellas balas que bien pudo no durar un segundo, aunque sigue trinando en su inconsciente, haciendo escándalos bullosos que a veces lo despiertan a la madrugada como taladros en el cráneo que le sacan lagrimas de sus ojos.

Cual gacela se amarró una toalla en la cintura y bajó corriendo con un lazo de angustia colgado del cuello. Pensó en su hermano menor, César Augusto, que siempre salía para el colegio antes que él y al que a esa hora recogía una camioneta cargada de escoltas, desde que toda la familia fuese sentenciada a muerte tras la amenaza furiosa proferida por los ejércitos de los más temidos narcotraficantes y paramilitares colombianos, que con toda la razón veían en su mamá una enemiga terca que no paraba de hostigarlos desde su curul en la Comisión de Derechos Humanos del Senado, en la que, carpetas en mano, con el miedo arremangado frente a las cámaras, exponía las masacres y homicidios que en el país siempre han sido pequeños sarpullidos que colorean los números de las estadísticas.

Jamás ha podido ganarle la carrera al miedo. La maratón continúa. Lo persigue y aunque vaya adelante, no podrá dejar de sentir por momentos aquel pánico intenso y acechante que se estira y le agarra la ropa esté donde esté. Como cuando en el exilio, años después, iniciando el milenio, ya graduado, en Canadá, mientras estudiaba para los exámenes de homologación de su diploma de médico de la Universidad Pontificia Bolivariana, lo llamó su papá para contarle que a su mamá en Medellín, le habían llenado el carro de plomo, que ni un tiro la rozó aunque todos atravesaron la camioneta que quedó como una coladora vieja y que gracias al escolta que les echó el carro encima a los sicarios, su mamá estaba viva, denunciando el hecho ante el país entero cual lunática suicida, asegurando que de Colombia no se iba, que no les comía de nada y que allí seguiría frenteando paracos, mafiosos, corruptos y malandros, mientras sus hijos angustiados se comían las uñas, trabajando de meseros, limpiando casas para sostenerse, envueltos siempre en la soledad helada del clima canadiense.

Todo empieza cuando a su mamá le da por mirar; por esculcar con sus ojos la realidad pulgosa de las calles más pobres, arriba en esa loma donde quedan las comunas sancochadas en balas. Iniciaban los ochentas cuando decide dejar su bufet y sus honorarios suntuosos de abogada prestigiosa, para irse a caminar los campos, a escuchar historias entre sembradíos de palma y banano, a recoger las lágrimas de las familias amilanadas por la violencia, tanqueando su alma de tanto dolor ajeno que decide, en honor a las negritudes colombianas, amarrarse un turbante en la cabeza e iniciar su carrera política siempre con una fijación que para ella será eterna, denunciar la violencia paramilitar y lograr la paz en pro de una reconciliación nacional.

El hijo de Piedad Córdoba, le da la razón a su padre cuando le pide el divorcio amándola, con la esperanza de que cese su afán de meterse en problemas.

Pará mamá, pará que nos vas a hacer matar a todos, le decían sus hijos abrazados a ella cuando dormían arrinconados todos en el cuarto de atrás de la casa, por miedo a que una bomba les estallara en la puerta del frente. Pará, se le dice a quien lleva mucho tiempo batallando. Como Piedad, que empezó echándose encima a Pablo Escobar y a todos los carteles del país desde que empezó a luchar en los noventas para que volviera la extradición, proscrita por la constitución del 91, y que venía siendo el único bicho que asustaba a los narcotraficantes que en esa época gobernaban el país como monarcas designados por la gracia divina. Después le metió la zancadilla a las recién institucionalizadas Convivir a las que descifró con inteligencia prestidigitadora, como el semillero de los grupos paramilitares de Álvaro Uribe, haciéndolas responsables de las muertes de varios dirigentes políticos rurales amigos suyos. Vino su lucha en contra de Carlos Castaño quien para la época era el amo y señor de la coca y las armas en el país, comandante en jefe de ejércitos multitudinarios y sanguinarios que entraban a los pueblos, cual película de terror, con motosierra en mano a descabezar campesinos para después jugar fútbol con las cabezas. Si no estaba mostrándole los dientes a la mafia estaba frenteando la institucionalidad, denunciando la corrupción de un gobierno que se comía en dádivas los colegios de los niños negros del chocó.

Don Luís, su esposo, aquel empresario que añoraba una vida tranquila y quién le patrocinó hasta donde pudo su vicio por la justicia, siempre guardó la esperanza de que no firmara ese papel en la notaría, el mismo que ella rubricó llorando, con el alma destrozada, antes de salir corriendo hacia otro más de sus debates en el Senado.

Su hijo mayor, pensaba en ella todo el tiempo, con miedo, algo de rabia, atosigado por los estudios a los que se había dedicado de forma compulsiva, enterrando entre las páginas el dolor que le generaba pensar que su mamá era la mujer más perseguida del país. Es que todos la querían matar, los políticos, la mafia, el paramilitarismo, ¿entonces que me dediqué a hacer? A estudiar sin parar. Si descansaba se me aparecía ella, a veces muerta, metida en un ataúd.  

A Canadá se trastea durante un año Paula Echeverry, la novia de universidad que posteriormente se convertiría en su esposa y madre de sus dos hijos, pero a quien debe despedir en el aeropuerto pues, por seguridad, no puede acompañar a Colombia cuando ella debe regresar a terminar la carrera. Se ensaña con los libros y la lectura logrando convertirse en médico capacitado para ejercer en Canadá y Estados Unidos, de la prestigiosa universidad de McGill en Montreal, en la que termina su primer postgrado y donde implementa un programa de apoyo psicológico a niños inmigrantes, en quienes empieza a ver reflejadas facetas de ese mismo miedo que lo ronda, que lo acecha como depredador a su presa y con el que ha aprendido a vivir, como quien se atreve a sentar un león hambriento en la sala de la casa.

El mismo miedo que lo llevó a refugiarse a en ese país extraño, meses después de que su mamá fuese liberada de aquel secuestro selvático en el que la mantuvo por tres semanas su peor enemigo, el mismo y devastador personaje que solo como advertencia simbólica mandaría a matar a Benavides, el policía al que aquella mañana agarraron a quemarropa los tiros que escuchó desde la alcoba y que derribaron al agente justo frente a su hermano menor. Ese miedo que logró tragárselo de un bocado, cuando en el hospital, terminando una de las prácticas previas al internado, lo llamaron para contarle que le habían secuestrado a su mamá y que su raptor no solo era el peor de los asesinos del país, sino quién más la podía odiar: Carlos Castaño.

Todo Colombia sabía que su mamá estaba muerta. Era una certeza ineludible. Su miedo ya no estaba cifrado en las pruebas de su supervivencia, sino en la forma que tendría su muerte, que había visto varias veces precisamente en las páginas de los expedientes que el trabajo de su mamá en el Senado le obligaba a traer a la casa.

La llegó a ver torturada, violada, decapitada y desmembrada. Entre las brasas de los hornos crematorios que tenía el paramilitarismo en las bodegas y hasta en las fauces de los caimanes y los leones que caminaban por las haciendas y que usaban los paracos para desaparecer a sus víctimas. Ella lo sabía también y por eso, al encontrarse frente a frente, en la mitad de la selva con Carlos Castaño, no dudó en proponerle su propia muerte como el siguiente paso obvio a seguir: Usted me mandó a traer para matarme, entonces hágalo rápido o empiece ya a tasajearme, que ni al dolor ni a la muerte le tengo miedo; narrarían algunos subalternos de Castaño que estaban ese día presentes.

Junto a un pedazo de ciudad que se amontonaba frente a los ventanales  del aeropuerto, la vio llegar del infierno sin poder creer que fuera la misma que se bajaba de esa avioneta para abrazarlo altiva y compuesta, como si estuviera entrando a la casa una tarde de un día cualquiera. Ni él, ni ella, ni nadie, entienden porqué, Castaño la dejó vivir para que lo siguiera jodiendo. Piedad no se contuvo. Al patrón de la oscuridad, al carnicero de los campos siguió apretándolo desde el Senado, hasta el punto en que nadie podía garantizarle la seguridad en Colombia, obligándola una mañana del lustroso año 2000 a salir corriendo, empacarse en un avión rumbo a Canadá, que la acogió en calidad de refugiados a ella y a sus tres hermanos menores, Camilo, César y Natalia, porque él, quién se sentó conmigo durante horas a desmoronarme toda la historia, sabiendo de dónde le salía el carácter, supo parársele a su mamá y decirle que a Canadá no llegaba sin su diploma de médico.

Un día de enero que no recuerda del año 2003, Juan Luís Castro Córdoba camina por primera vez sobre nieve canadiense. Aún recuerda el frío desgarrador, esas microscópicas puñaladas en cada poro cuando lo abofeteaba una brisa de viento, el carácter nublado como cielo a punto de deshacerse en granizo de ese pueblo pálido y rubio y sobre todo, la certeza inmediata de estar en pequeñez frente al mundo que lo rodeaba.

De su casa antioqueña, amplia y generosa en brillo, luz y colores, tuvieron que acomodarse los cuatro en un apartamento estrecho, que tenía el tamaño de una de las salas de su antiguo hogar. La economía familiar, sin la ayuda de todos no era sostenible y Piedad tenía que estar dedicada a trabajar tiempo completo desde la casa escribiendo cartas y comunicaciones a las diferentes ONG internacionales, rebuscando ayudas internacionales para aquellos que había tenido que dejar atrás en Colombia y hablando con familiares de varios de los secuestrados por la guerrilla, que solo contaban con ella. Trabaja todo el día hasta la madrugada, pero gratis, se encargaba de lavar la ropa y de la cocina, mientras ellos salían a trabajar. Primero conseguimos un trabajo muy duro en una empresa de limpieza, después Natalia empezó a cuidar bebés y nosotros conseguimos trabajos estacionales en algunos restaurantes.

Validado el diploma, tras el triunfo heroico de haber aprobado los exámenes para ser médico en idioma y patria ajena, empieza a trabajar en el Departamento de Psiquitría Infantil y allí edifica desde sus cimientos el programa de atención a los niños de inmigrantes. Durante las terapias ve a la fiera reflejada en un espejo por primera vez. El miedo en los ojos de aquellos seres maltratados, vejados por la violencia, desarraigados, arrancados a la fuerza de sus costumbres, familiares y amigos, lo subió al ring poniéndolo frente a frente por primera vez a pelear con ese animal que llevaba persiguiéndolo toda la vida, pero al que nunca le había visto la cara. Es entonces cuando decide convertirse en psiquiatra. Viaja a Nueva York y se especializa en psiquiatría general en la Universidad de Mount Sinaí como un peldaño necesario para poder lograr entrar al mejor programa del mundo en la universidad de Yale, institución de la que sale egresado como Psiquiatra Infantil destacado por su estudios en Psiquiatria Social, para después hacer una Maestría en Salud Pública y Finanzas en la Universidad de Chapel Hill, en Arkansas, que lo contrata como profesor, siendo en este punto de la conversación cuando supe que la chiva estaba en el hecho de que nadie sabía hasta ahora, que el hijo de Piedad Córdoba es un académico mundialmente reconocido como uno de los grandes psiquiatras del continente. Y que además escribía.

 

Antes de volver a Colombia a trabajar con menores desplazados por la violencia, intermitentemente con los seminarios que dicta en las universidades norteamericanas, espulga al león durante los años de exilio con las letras que emergían de sus recuerdos, aquellas que pude leer cuando, después de mucho insistirle, me citó una tarde de hace un par de meses para hacer entrega de un paquete argollado de casi 300 páginas que irradiaban una fuerza narrativa exquisita y que convertían aquella compilación de historias autobiográficas en algo que valía la pena publicar. Así fuera a la brava, abusivamente como fui capaz de hacerlo, filtrándoselas a Néstor Rivera, propietario de Editorial 531, quien también estuvo de acuerdo conmigo y me apoyó en la lucha titánica que libramos contra el autor, que tras esta ardua labor de constreñimiento ideológico, terminó viendose obligado a que el país le viera las entrañas.

ELBLASFEMO

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