Historia del TÍA, el almacén que le dice adiós a Bucaramanga

Una muñeca de plástico de poco menos de un metro y 50 mil pesos fue lo último que se vendió el pasado 22 de noviembre en el almacén TÍA de la calle 35 con 15, el único de Bucaramanga. Unos minutos después, ocho en punto, cajas cerradas y horario cumplido, las vendedoras y cajeras le dijeron “hasta mañana” al vigilante, quien les respondió “descansen los pies que mañana es el mismo trote”.

Sin embargo, no hubo más de eso. La mañana siguiente, justo antes de abrir, les anunciaron que el almacén no iba más. “Cerrado por inventario” apareció en  las puertas principales  y en algunas ventanas, con el fin de justificar que ese día el lugar no estaría abierto al público; pero la verdadera razón era que todos los días siguientes seguiría así.  Cierre definitivo.

Cerrado por inventario

“TÍA no cierren, ¿en dónde voy a comprar mis uvas chéveres? Te extrañaré. Dante Romero. Tengo 5 años”, se puede leer, en letra más o menos garabateada, a través de la vitrina del almacén, en una hoja que está en el piso.

— “Imagínese, si ese chino que nació y se va a criar al lado de El Cacique y Falabella va a extrañar el TÍA, a nosotros la tusa nos puede durar años”, expresa un señor, 65 años, que  se detiene a mirar por la ventana y se lamenta.

Han pasado cuatro días desde el cierre y las personas, mayores de 30 en su mayoría, siguen pasando por el sitio, como quien espera que la cosa se solucione y vuelvan a abrir. Conversan entre ellos, apiñándose de vez en cuando y formando una tertulia callejera.

Hablan del café que tostaban y molían ahí mismo, y que vendían por libras; de las empanadas y papas rellenas acompañadas de gaseosa Hipinto que vendían en el segundo piso, y que eran tan grandes que se podía recorrer el almacén completo comiendo una sin que se acabara; de las gelatinas de colores y la ensalada rusa; de las monedas de chocolate que vendían en las cajas y  las pelotas de caucho que tenían letras en relieve; de los cuadernos cardenal, las cremas Ponds, el desodorante Lander en barra, el jabón Spree, los polvos bardot y el yoyo Russell.

— “Aquí se hacían varios fotógrafos, en esta esquina, tomaban fotos y le daban a uno un recibito para que uno las reclamara adentro en la tienda”, cuenta don Pedro, un abuelo de casi 80 años, mientras señala el punto exacto antes de la entrada del TÍA, por la calle 36.

Lo acompaña su nieta adolescente, quien le susurra algo como que por qué tanto lamento si ahí al lado está el Éxito. Él la mira con consideración y le lanza un “nunca comprenderás, mijita”.

Viaje en el tiempo

“¡Qué brutos! Cómo van a poner las cosas así, se las van a robar. ¡Qué locura!”, se oía rumorar por la calle 35 y 36 a mediados de los años cincuenta, cuando el TÍA llegó a la ciudad,  recuerda el periodista e historiador Edmundo Gavassa Villamizar.

VANGUARDIA