¿Por qué se dispara Fajardo?

POR FERNANDO DE JESÚS ALVAREZ

El candidato Sergio Fajardo se despega del pelotón de candidatos porque representa en buena parte lo que los colombianos quieren hoy. Fajardo es un símbolo de la lucha contra la corrupción en cuanto sus prácticas políticas se diferencian notoriamente de la politiquería tradicional, del clientelismo y del todo vale. Pertenece a ese tipo de académicos que creen en la transparencia de lo público y le apuestan a cambiar las costumbres políticas. Es un matemático que en cierto modo se asemeja a Antanas Mockus en que cree que la principal herramienta que tienen los colombianos para ejercer la democracia es tener claro que los recursos públicos son sagrados.

 

Fajardo es un símbolo de la no polarización. Su talante pacifista y su temperamento pedagógico le dan una imagen de cierta bonhomía y de capacidad de comprensión, tan necesaria para superar la tensión creada por los furiosos uribistas y los furiosos antiuribistas que han impedido la construcción de una nueva cultura de reconciliación y perdón, de respeto por las ideas contrarias y de inclusión que exige este país en una coyuntura en la que, más allá de las diferencias sobre la forma en que se aplican los acuerdos con la guerrilla, lo concreto es que hoy los colombianos han manifestado de todas las maneras posibles que quieren el fin de la guerra y la búsqueda de una paz sostenible y duradera.

 

Fajardo es tambien símbolo de eficiencia administrativa. Su paso por la alcaldía de Medellín y por la gobernación de Antioquia lo han mostrado como una persona de resultados, un líder que cree en la construcción colectiva y en la participación ciudadana y un dirigente de nuevo tipo que confía en los consensos y en el valor de la persuasión para enfrentar las contradicciones. Ha demostrado que cree en la juventud y en el conocimiento como motores del desarrollo en una sociedad que debe romper con la contracultura del favoritismo y de los privilegios y la de anteponer el interés privado en la administración de lo público.

 

Fajardo es además símbolo de la decencia política. Se diferencia de quienes creen que para llegar a las grandes ligas de la política es necesario hacer lo que siempre se hace. Precisamente cree lo contrario, que para llegar hay que no hacer lo que siempre se hace. No es amigo de las componendas y prefiere que todo se haga de cara al ciudadano. No le gusta descalificar o despotricar de sus contrarios y prefiere hacer la diferencia. Cree más en la fuerza de los hechos que en la potencia de las palabras. Es enemigo de la estigmatización ideológica o el señalamiento moral a pesar de que eso precisamente hace que desde las extremas intenten ubicarlo a él unas veces a la derecha y otras a la izquierda.

 

Fajardo es de centro. Es un demócrata que desde que comenzó su actividad política se la ha jugado por la vías de la alternatividad porque cree que los partidos tradicionales hace rato entraron en decadencia y que desde mucho tiempo atrás perdieron el contacto con los intereses ciudadanos. En ocasiones esa búsqueda lo ha llevado a hacer causa común con sectores de izquierda pero se distancia de sus radicalismos, de sus posturas populistas y de sus visiones vanguardistas. Es un político moderno que se puede aliar con Claudia López pero que nunca caería en sus prácticas bochincheras. Se puede aliar con Jorge Robledo pero nunca caería en su sectarismo y se puede aliar con Gustavo Petro pero nunca caería en su populismo.

 

Fajardo es la antítesis de lo que simboliza el coscorrón y de los que quieren hacer trizas los acuerdos. Es un pacifista que votó por el sí pero sabe que hay que tener el control para que la implementación de los acuerdos no se desmadre. Sabe que hay quienes están en desacuerdo con lo pactado en La Habana con las FARC pero no considera que a ellos haya que graduarlos como enemigos de la paz. Fajardo sabe que hay que construir la paz pero que el principal aliado para estos efectos es la ciudadanía y no la clase política que siempre pondrá peajes a las iniciativas gubernamentales.

 

Fajardo es lo que más se parece a lo que los colombianos quieren hoy. Transparencia, ponderación, gobernanza y ética de lo público. Es un dirigente con vocación social y con sentido de equidad. Es un político incluyente y comprometido con una visión ciudadana del poder. Es un visionario de la principal deficiencia del país para avanzar hacia el desarrollo, la falta de oportunidades para acceder a la educación. Pero ante todo refleja que la gente quiere un cambio radical sin Vargas Lleras, una Colombia progresista sin Petro y un país en paz sin mermelada.